La entrega de hoy bien pudiera
denominarse también la elegancia que sobrevive al viernes o cuando la libertad
en el vestir se confunde con la licencia para el descuido, porque lo que se
creó para intentar mitigar el protocolo de vestimenta en el último día
laborable de la semana, ha supuesto arruinar el atuendo tradicional en el
trabajo.
I. Un viernes que cambió la forma de trabajar
Pocas costumbres modernas reflejan mejor la transformación del mundo empresarial que el llamado Casual Friday. Lo que comenzó como una idea para aliviar la rigidez del traje y la corbata a finales de la semana, ha terminado por alterar la noción misma de elegancia profesional.
Nació en Estados Unidos, se
expandió por Europa con el aire despreocupado de los noventa, y hoy, en muchas
oficinas, se ha convertido en el refugio del desaliño institucionalizado.
Nació en Estados Unidos, se expandió por Europa con el aire despreocupado de los noventa, y hoy, en muchas oficinas, se ha convertido en el refugio del desaliño institucionalizado.
El origen del Casual Friday puede rastrearse hasta los años sesenta en Hawái, con el llamado Aloha Friday, cuando las empresas permitieron que sus empleados vistieran camisas de estampado local los viernes como gesto de identidad y confort climático.
Décadas más tarde, en la era del
auge tecnológico de Silicon Valley, la costumbre se transformó en un símbolo de
innovación, ya que se asociaba la ropa informal con la creatividad y la ruptura
con las jerarquías.
El problema es que, como toda
buena idea mal entendida, el Casual Friday fue perdiendo su propósito
inicial, porque lo que nació como un puntual respiro se convirtió en excusa.
El resultado es un paisaje
laboral donde el hombre moderno a menudo ya no distingue entre comodidad y
descuido, entre naturalidad y negligencia.
II. De la cultura del traje al culto de la informalidad
El nuevo paradigma proclamaba, lo
que posteriormente se ha demostrado que era un error, consistente en que vestirse
menos formal equivalía a trabajar mejor.
III. La cognición investida
La cognición investida es un
concepto acuñado por Adam y Galinsky en su famoso estudio de 2012, que se
refiere a la influencia sistemática que la ropa tiene sobre los procesos
psicológicos de quien la lleva. A diferencia de la psicología de la moda
tradicional, que se enfoca en cómo los demás nos perciben, esta teoría sostiene
que nuestra propia ropa afecta nuestra autoestima, comportamiento y rendimiento
cognitivo.
Según los autores, para que la
ropa cambie nuestra mentalidad deben cumplirse dos condiciones: una es el significado
simbólico, es decir, que la prenda debe estar asociada a un concepto o rol
específico (ej. autoridad, inteligencia, creatividad), y la otra es la experiencia
física donde el efecto solo ocurre si la persona viste realmente la prenda, no
solo si la observa.
En su investigación original
publicada en el Journal of Experimental Social Psychology, Adam y
Galinsky realizaron experimentos con una bata blanca para medir la atención
sostenida. Crearon el grupo A en el que a los jóvenes médicos que creían usar
una bata de médico mostraron un incremento significativo en su capacidad de
atención y cometieron menos errores en tareas de agudeza mental, mientras que
el grupo B, que vistieron la misma bata, pero creían que era de pintor, no
mostraron en ningún momento las mismas mejoras en tareas de atención
focalizada.
IV. El trasfondo de los viernes informales
Lo que en teoría debía humanizar
la empresa terminó, en muchos casos, por desdibujar la frontera entre lo
privado y lo profesional.
El traje y la corbata no
desaparecieron de las oficinas por una cuestión estética, sino cultural, toda vez
que el trabajo se volvió menos jerárquico, más digital y, sobre todo, más
difuso.
VI. El error de confundir lo informal con lo indiferente
El viernes se convirtió, en
demasiados entornos, en un desfile de improvisaciones:
El espíritu de los viernes informales no consiste en
vestirse como uno quiera, sino en adaptar la elegancia a un contexto más
relajado sin perder la estructura ni la coherencia.
En ese sentido, la verdadera elegancia del viernes reside en
el equilibrio, es decir, en cómo conservar el porte del lunes con la
naturalidad del fin de semana. Quien domina ese arte proyecta una imagen de
inteligencia visual y autocontrol, dos virtudes esenciales en la cultura
profesional.
No se trata de sustituir el traje
por unos chinos con deportivas, sino en algo más sencillo como eliminar la
corbata y llevar el cuello de la camisa desabotonado. Pero lo que en un principio
debía quedarse en esto ha ido de forma paulatina dando pasos de anarquía en el
código de vestimenta, hasta casi haber desaparecido el taje y la corbata del atuendo
de la oficina, por lo que los viernes informales o casual friday han supuesto el
principio del fin.
VII. La anatomía del buen Casual Friday
1. La chaqueta.
La prenda clave es en todo caso la
americana informal o el blazer desestructurado, ya que el traje en estos casos debe quedar aparcado.
2. La camisa.
El viernes no es día de camisa blanca de popelín, pero mucho menos de camisetas. Debe elegirse una camisa de oxford, chambray o lino. La camisa no debe ser la que utilizamos usualmente, pero en este caso sin corbata, sino que no debe ser en ningún caso de puño doble, porque la llevaremos sin gemelos, y puede llevar tapeta, pero lo que es importante es que siempre tenga botones en los picos del cuello, o por dentro de este para mantener siempre erguido este porque no llevamos corbata.
3. El pantalón.
El sustituto natural del pantalón
de traje es el pantalón de algodón estructurado, que debe tener buena caída,
planchado perfecto y color sobrio. Excepcionalmente pueden admitirse unos
chinos, pero nunca los vaqueros en cualquiera de sus modalidades.
4. El calzado.
No son procedentes los zapatos
propios del traje, es decir, los Oxford. Por el contrario, los zapatos
naturales para estos viernes informales son los derbys o mocasines, nuca el
calzado deportivo.
VIII. El riesgo del exceso de confianza
El Casual Friday tiene un
enemigo peligroso que el autoengaño de la comodidad. Muchos creen que vestirse
sin esfuerzo transmite naturalidad, cuando en realidad lo que comunica es desinterés,
desidia y dejadez.
El hombre elegante debe preparar
su viernes informar con la misma atención que un lunes.
IX. El fin in de semana empieza con la actitud
El Casual Friday no
debería interpretarse como un descanso del estilo, sino como su última prueba
de la semana. Cuando la presión laboral disminuye, la elegancia revela su
autenticidad ya que, si es sólida permanece, pero si artificial, se desvanece.
La elegancia del viernes no
consiste en vestirse menos, sino en seguir vistiéndose bien cuando ya nada ni nadie
lo exige. Vestir con acierto el viernes es una manifestación de la inteligencia
social. Quien lo hace demuestra que la clase no depende de la agenda, sino de
la educación.
LUCIO RIVAS


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