La elegancia no empieza en el armario, empieza antes de elegir una chaqueta, una camisa o unos zapatos. Empieza en la manera de estar de pie, de caminar, de sentarse, de mirar y de ocupar el espacio. Eso es el porte. La verdad es que el porte elegante no depende del físico, ni de la edad, ni siquiera del traje, depende siempre de una relación consciente con el propio cuerpo.
Un caballero puede vestir de forma impecable y, aun así, carecer de porte. Y otro, con ropa sencilla, puede imponerse con una naturalidad y un aplomo que no admite duda.
1. El porte no es rigidez
Existe una confusión habitual
entre porte y rigidez. Se asocia la elegancia corporal con la espalda tensa, el
pecho inflado y el gesto contenido. Nada más lejos. El porte elegante nace del
dominio del propio cuerpo, no de su inmovilización. Un caballero con buen porte
no debe parecer rígido, sino todo lo contrario y sus movimientos deben ser
pausados y sin brusquedad. La postura debe ser erguida pero relajada. Los
hombros caen donde deben, la cabeza se mantiene alta sin aire desafiante. Se debe
crear equilibrio y no tensión.
2. Caminar
Si hay un momento donde el porte
se revela sin filtros es al caminar. El paso elegante no debe ser rápido ni
lento. Nunca se deben arrastrar los pies, pero tampoco levantarlos en exceso. La
mirada debe ir dirigida al suelo ni perdida en el horizonte. Se debe avanzar firme
y sin prisa.
Curiosamente, el calzado influye
mucho aquí. Zapatos bien ajustados, con suela adecuada, ayudan a que el paso
sea natural. Pero incluso el mejor zapato no puede corregir una caminata
descuidada.
3. Sentarse y levantarse
Pocos gestos revelan tanto como
la forma en que un caballero toma asiento. La norma básica es no dejarse caer, ni
instalarse como si reclamara el espacio. El caballero se sienta con discreción y
con seguridad. Una vez que se ha sentado no debe desplazar la espalda hacia el
respaldo del asiento forma brusca y precipitada, sino que debe hacerlo como
gesto natural, e inmediatamente debe adoptar una postura natural y no forzada.
Debe adoptar en todo momento la postura propia del evento y de la compañía en
la que se encuentre, es decir, más rígido o más relajado.
Al levantarse, el movimiento debe ser fluido, sin apoyos innecesarios y sin brusquedad. No debe hacerse con prisa ni con teatralidad. Todo debe ocurrir de forma natural.
4. El porte y la ropa
El porte y la ropa es una
relación de mutua influencia, crea una ósmosis que debe mantenerse. La ropa
bien elegida ayuda al porte, y viceversa. Un traje bien cortado invita a
mantenerse erguido. Por eso, quien tiene buen porte suele vestir mejor incluso
con prendas mediocres, y quien carece de él arruina conjuntos excelentes. La
ropa no crea el porte, sino que lo potencia.
Además, el porte correcto permite que la ropa se mueva tal y como fue creada. La chaqueta no se abre en exceso, el pantalón no se arruga de forma caótica y la camisa permanece en su sitio.
5. El gesto socialEl porte elegante no se limita al
movimiento físico. Se manifiesta también en el saludo, en la forma de estrechar
una mano y de inclinar ligeramente la cabeza. Es un equilibrio importante porque
debe mantenerse la firmeza y la amabilidad simultáneamente, porque el porte es
una forma de cortesía.
6. El porte en reposo
El caballero elegante no solo se
distingue cuando camina o habla, sino cuando no hace nada. Cómo espera de pie,
cómo permanece sentado escuchando, cómo sostiene la mirada sin incomodidad, es
decir, el saber estar sin hacer nada
La ausencia de gestos
innecesarios, la quietud natural, la capacidad de no ocupar espacio de más, es
lo que forma parte del porte. Y, curiosamente, es lo más difícil de aprender.
7. El uso del espacio
El porte tiene mucho que ver con
la distancia interpersonal. El caballero elegante sabe colocarse sin invadir,
pero también sin replegarse. No se apoya constantemente en muebles ajenos, no
se adueña del entorno, pero tampoco se esconde. Debe lograse un equilibrio
sutil entre presencia y respeto. El porte de la elegancia natural es hacerse
notar en un entorno sin hacer ni decir nada, solo con la presencia.
8. El porte bajo presión
Hay algo muy revelador en
observar el porte de un hombre cuando está cansado, contrariado o bajo presión.
La elegancia auténtica no desaparece en la incomodidad. No se trata de fingir
calma, sino de mantener la compostura. Aquí el porte deja de ser forma y se
convierte en carácter.
Las manos hablan más que la
espalda. Gestos nerviosos, manos en constante movimiento, puños cerrados o
dedos inquietos rompen cualquier apariencia de elegancia.
El caballero con porte utiliza
las manos con gestos precisos. Las deja reposar, las usa cuando hace falta y
las retira cuando no.
10. La voz como extensión del porte
Aunque no sea estrictamente
corporal, la voz siempre es lo que completa el porte. En este sentido el volumen
debe estar controlado y el ritmo siempre será sereno. Hay que huir de la urgencia
y de las estridencias. Un cuerpo elegante con una voz atropellada pierde
coherencia.
11. Porte y tiempo
Uno de los signos más claros del
buen porte es no apresurarse ni precipitarse. Debemos actuar sin prisa, los
movimientos y ademanes serán siempre serenos. Hay que recordar que debemos ajustarnos
la chaqueta con calma, sentarnos sin prisa, y siempre hay que levantarse sin
sobresaltos. El caballero elegante parece tener siempre un segundo más que los
demás, sin dar la sensación de que vayamos lento, sino porque actuamos con
orden y serenidad.
12. Porte y humildad corporal
Este punto me parece clave y siempre
ha sido muy poco tratado. El porte elegante no es nunca arrogancia corporal, es
en realidad una seguridad serena que se mantiene sin tener la necesidad constante
de demostrar una especie de autoafirmación. El cuerpo no necesita imponerse
porque ya está cómodo consigo mismo.
El porte es una forma de
educación hecha visible porque no requiere explicaciones, ya que se percibe.
13. No se debe confundir
presencia con exhibición
Vivimos en una época de gestos
exagerados, posturas forzadas y una cierta ansiedad por destacar. Frente a eso,
el porte elegante se convierte en un acto de resistencia. Por eso es un error
llamar la atención en cualquier sentido.
El porte elegante del caballero
no se aprende en una tarde ni se compra en una tienda. Se cultiva con tiempo, con
observación y una cierta humildad. Es el resultado es entender que el cuerpo
también comunica, y que hacerlo con respeto es una forma profunda de elegancia.
Un traje puede impresionar en un momento determinado, pero, sin embargo, el porte es permanente, porque debe ser una constante en nuestra forma de comportarnos.
14. El porte cambia con la
edad
El porte no es estático. No se
adquiere una vez y se conserva intacto. Cambia y se va ajustando con el paso
del tiempo, y la verdad es que, evoluciona mejor que muchas prendas. Mientras
el traje envejece y el cuerpo se transforma, el porte, si se cultiva, puede ganar
profundidad.
Lo interesante es que cada etapa
de la vida tiene su propio tipo de elegancia corporal. Pretender mantener
siempre el mismo gesto, la misma forma de moverse o de presentarse, suele ser
el primer error.
En la juventud, el porte suele
ser algo más forzado y consciente, y en este sentido se piensa y se imita. Hay
energía, rapidez, a veces impaciencia. El joven elegante se ajusta la chaqueta
con un gesto aprendido, se sienta con corrección, pero todavía vigila su
postura. El porte, aquí, es una aspiración. Esto no tiene nada de negativo, más
bien al contrario, es la etapa en la que se forman los hábitos que, con el
tiempo, se volverán naturales. La clave está en no sobreactuar.
En la madurez temprana el porte deja de ser un ejercicio estético y se convierte en una forma de eficiencia. El hombre maduro temprano se mueve mejor porque se mueve menos. Elimina gestos innecesarios, reduce la velocidad, empieza a ocupar el espacio con mayor aplomo. Ya no necesita demostrar nada.
Aquí la ropa comienza a sentar mejor, no porque cambie el
cuerpo, sino porque el cuerpo sabe cómo estar dentro de ella.
En la etapa de la madurez plena
el porte deja de ser una decisión pensada y pasa a ser una consecuencia natural
del carácter. El gesto se simplifica y la postura se relaja.
El caballero maduro no se sienta
con rigidez y ajusta cada movimiento sin tener que pensarlo. Este es el momento
en el que la elegancia corporal se vuelve más visible y más espontánea.
En la a edad avanzada, cuando el
cuerpo pierde fuerza, el porte ya no se mide en firmeza, sino en dignidad. Los
movimientos son más lentos, pero más conscientes. El caballero mayor elegante
no compite con su juventud pasada, no intenta parecer lo que ya no es y,
precisamente por eso, transmite una autoridad serena difícil de igualar. Aquí
el porte se convierte en una forma de respeto hacia uno mismo y hacia los
demás.
Existen errores frecuentes al no
aceptar el cambio de la edad y es el mantener gestos juveniles cuando el cuerpo
ya no responde igual, aparentar rigidez para ocultar inseguridad, y confundir
lentitud con descuido.
El porte impecable trasmite confianza, respeto y autoridad
con la sola presencia física.
LUCIO RIVAS
















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